
El cielo estaba en calma, al parecer los truenos resonaban en la tierra, la batalla estaba llegando a su fin, las tropas del Rey Josua se daban en retirada, pero su mirada se situaba en dos de sus hombres, Deornoth y un anciano misterioso.
En el fragor de la lucha ambos hombres se mantenían en pie mientras las tropas enemigas intentaban rodearlos y ellos intentaban retroceder para alcanzar el resguardo de la fortaleza,
Mientras observaba al ese extraño, no mayor de 50 años, un grito le devolvió a la realidad, estaban andando hacía tras y sus perseguidores los tenía acorralados,
La lluvia cesó y se levantó rápidamente asestando un corte en las entrañas de algún pobre desgraciado, una flecha atravesó al que tenía inmediatamente más cercano, permitiéndole hundir su acero en el pecho del adversario de su derecha mientras con su escudo paraba un golpe, dibujando un circulo rasgó el cuello del que acababa de parar el ataque. El anciano seguía en la zona de las escaleras y allí se batía con un hombre fornido que le estaba causando problemas, y el anciano solo se dedicaba a parar sus embestidas. Tenía que ayudarlo, sabía que esa persona le era conocida de algo. Soltó su escudo y agarrando su espada bastarda con ambas manos dio un salto y partió el yelmo a un enemigo que iba decidido a acabar con su vida. Cada vez le rodeaban más, su tropa estaba totalmente desperdigada, las campanas de retirada sonaban en lo alto, y los jinetes irrumpían al fin en las filas enemigas permitiendo que se creara una senda por donde escapar, una senda que a ellos les era imposible alcanzar y que además era para otra entrada a la fortaleza.
A cada paso, se tenía que quitar a un enemigo del medio, al llegar a la zona donde el anciano resistía se vio empujado por todos los enemigos que huían de la embestida de los jinetes. Mientras era empujado un frío cubrió su cuerpo, el reflejo de una espada bañada en sangre centró su atención, y lanzando un grito de furia en un giro repentino fulmino a los hombres que tenía a su espalda, la herida era grave, sabía que era la última, pero aún así aquel hombre mayor necesitaba su ayuda, estaba ya cerca, solo un adversario más y podría ayudarle. Estaba desangrándose, la ira lo mantenía con vida, y esquivando al hombre que tenía en frente para ahorrar fuerzas, llegó a la escalera, mientras los dos fornidos hombres seguían en su duelo, uno queriendo matar el otro solo defenderse. Agarró su espada con ambas manos y se la hundió por un costado al hombre mientras este preparaba un nuevo ataque hacia el anciano. Entonces ambos cayeron, los ojos de Deornoth se cruzaron por unos instantes y el caballero sonrió pues ya se imaginaba quien podía ser, su ídolo de pequeño, el gran caballero de la corte de de Juan, el caballero que desapareció sin saber porque y que se suponía muerto Sir Camaris, si esa espada era inconfundible y creía recordar que solo él la podía manejar.
- Deornoth: ¿Espina? Sir … Sir Camaris
El caballero murió horrado por la compañía que tenia a su lado, feliz por saber que la profecía era cierta.
Sonaron las campanas de retirada del las tropas enemigas, la llegada de los jinetes les había desorganizado mucho y la mayoría de los hombres de Josué ya se estaban poniendo a salvo. Incluido el viejo que aun arrastraba su espada.
El príncipe en lo alto de la fortaleza, herido, se dolía por la perdida del general de sus tropas, que aunque no ostentaba el título, todo el mundo lo consideraba como tal. Y también asombrado de que el anciano sobreviviera y se preguntaba si sería ciertas las historias, la leyenda, el augurio de que aquel cuya memoria ha perdido será la guía hacia la tumba de su padre, el Rey Juan, hacia las espadas de poder.
- Josua: Es una desgracia amor, que Deornoth haya caído, otra mala noticia.
- Lesara: Recogeremos los cuerpos de los caídos y les daremos el homenaje que merecen.
- Josua: No iremos de nuevo a la batalla hasta que hayamos enterrado a todos los hombres y hasta que el jefe de la guardia real tenga un lugar digno donde descansar. Hoy se ha ido uno de los pocos caballeros que nos quedaban, tenemos una tropa llena de gente que viene a pedirnos ayuda, campesinos a los que equipamos con espadas.
- Lesara: Cariño mío, mira a esos jóvenes que vuelven del combate.
Mientras decía esto, nos miraba a ti y a mí.
- Lesara: Quizás en un tiempo ellos sean el futuro, quizás ellos sean los próximos caballeros de este reino, y así tendremos algo por lo sentirnos orgullosos.
- Josua: Esperemos que esta guerra acabe pronto y que mi hermano no encuentre la tercera espada, que abren los abismos. Clavo brillante y Espina están aquí, solo es cuestión de tiempo que venga a por nosotros. Si no conseguimos despertar de su letargo a Sir Camaris solo nos quedará esperar la batalla final.